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Cuando
la música nos descubre nuestros sentimientos más
íntimos, cuando nos recuerda nuestros propios deseos
e inquietudes, cuando consigue nombrar lo que creíamos
innombrable, entonces se convierte en revelación y
nos conmueve. El último trabajo de Mikel Urdangarin,
Zubia, tiene la virtud de iluminar con su música
ese brumoso espacio de intimidad que conforman nuestros anhelos,
suspiros, miradas, nostalgias y sueños, y se convierte
en un espejo en el que mirarnos y reconocernos.
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Zubia es un puente que se tiende y que busca el contacto,
una llamada desde el otro lado, una mano abierta que invita
a acercarse. Los puentes cambian la vida de los pueblos y
de las personas. Los puentes están para cruzarlos,
aunque el valor no siempre es el suficiente. Zubia
habla de puentes que no se cruzan o nunca se volverán
a cruzar, de miradas prohibidas lanzadas de un lado al otro,
de manos que no se unen a pesar de buscarse, de oportunidades
perdidas, de mundos que podrían haber sido y no fueron
Habla del dolor por la pérdida, de la desazón
creada por el olvido, del despecho y del desamor, de heridas
abiertas que escuecen, de todo lo que dicen las palabras no
dichas, de corazones que se llevan a cuestas, de declaraciones
de amor extraviadas, de miedos, silencios y vacíos,
de ausencias.
Pero a pesar del desasosiego que se percibe en los textos,
las composiciones de Zubia no son quejosos lamentos
sino suspiros compartidos que nos hacen sentirnos menos solos.
La música funciona como un bálsamo, redime el
dolor y augura esperanza. Las notas son latidos llenos de
vida, dulces pinchazos que nos inyectan optimismo. Sí,
las composiciones de Mikel Urdangarin invitan
a mirar cómo avanzan las blancas nubes por el cielo,
a alzar los brazos y cantar mientras el viento sur nos enreda
el pelo. La armonía que alcanzan los músicos
de Zubia junto a la voz de Mikel, que parece susurrarnos
cada tema al oído, producen un efecto vaporoso, una
especie de sfumato que suaviza aristas, una sensación
atmosférica que nos calma, que nos reconforta, que
parece incluso querer acunarnos. La música de Mikel
Urdangarin cae sobre quien la escucha como una sábana
sobre un cuerpo que duerme. Y le permite dulces sueños,
a pesar del mundo.
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